Conocí a Bobby, en el año 1985, cuando cursaba el primer año de enlace de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. En una experiencia piloto se invitó a renombrados artistas, pero que no poseían título habilitante, a dictar clases en sus talleres.
Inmediatamente, al presentar la práctica del “automatismo psíquico”, generó controversia. La mayoría de los estudiantes del curso no estábamos dispuestos a entregar nuestros “preconceptos”, y nuestros “anacronismos” tan fácilmente.
Con paciencia infinita soportó estoicamente los embates de aquellos que, como yo, nos quedábamos hasta la medianoche discutiendo. Cierta vez, en la que planteábamos nuestra necesidad de los modelos para poder aprehender la realidad, Bobby seriamente respondió:“los modelos son los que sostienen las dictaduras”, y tanto él como Matilde sí que sabían lo que era sentir el peso de la dictadura en carne propia.
Poco a poco, sin coacción, sus posiciones fueron ganando terreno.
Al fin de ese año, sin saberlo nosotros, la semilla ya había germinado. En el examen final, los otros docentes que participaban de la mesa estaban desconcertados, no sabían como evaluar todos los “auténticos disparates” que habíamos producido. El incidente derivó en una discusión, donde se cuestionaba el sistema de clasificación por notas, y finalmente concluyó con el llenado de todas las casillas correspondientes con un diez. Un año mas tarde Bobby dejaría la escuela, en parte, harto de la ceguera de la institución , quizás un poco satisfecho de su tarea.
Con el transcurso de los años me fui gradualmente acercando más a él.
Recuerdo con particular gratitud, las tardes en que me recibía, café de por medio, en su casa. Departíamos sobre arte, filosofía, ciencia, pero nunca dejaba de preguntarme por mis cuestiones más cotidianas. Después de un rato nos dirigíamos hacia su taller. Entonces quizás los momentos más felices. Era como estar en el proceso mismo de su creación. Creo que en ese lugar él también se sentía feliz. Su taller concordaba perfectamente con su obra. Todo estaba en una armonía estricta, pero no por ello dejaba uno de sentirse cómodo.
Bobby hacía sencillo el acto de pintar. Sus comentarios eran sugerentes pero acertados.
En los últimos años su taller se había vuelto levemente más desordenado, trabajaba simultáneamente en varias series de pinturas, dibujos, y bocetos de esculturas, aunque siempre con la misma rigurosidad.
La última vez que hablé con él , estaba desilusionado porque me habían rechazado de uno de los tantos salones, charlamos un rato, “hay que trabajar más aún” me dijo; si era necesario sabía contener, luego quedamos en vernos al regreso de mi viaje por Chile.
Estando en “El Horcon”, un día de lluvia, decidí por primera vez luego de casi un mes comprar un diario: El Mercurio de Valparaiso, domingo 18 de febrero de 1996. En el apartado “Noticias de Argentina “ se leía :
Falleció el destacado pintor Roberto Aizenberg.
Tenía 67 años.
La obra de Aizenberg en su mayor parte óleos y dibujos muestra la influencia del italiano Giorgio de Chirico y de la época cubista de Pablo Picasso.
Expuso sus obras en galerías y museos de Nueva York, Londres, Milán, México y Caracas.
Durante la dictadura militar de 1976-1983, Aizenberg recibió amenazas de muerte, y en 1977 se fue al exilio en París.
Durante esa época desaparecieron los tres hijos de su esposa Matilde Herrera.
Aizenberg volvió a Buenos Aires en 1984, ya con su salud quebrantada.
Dedicó los últimos meses de su vida a preparar una gran exposición retrospectiva de su obra, prevista para 1997 en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Ese evento “absolutamente desagradable” había ocurrido. Lloré por ello. La ciencia no había llegado a tiempo con esa inmortalidad que, según Bobby creía, todo indicaba que en algún momento ocurriría.
Mi tristeza fue profunda, pero el encuentro con ese diario no me dejaba de sorprender. Aparecía como algo fantástico. Sin encontrar otra explicación, no pude dejar de considerarlo como un producto maravilloso del “Azar Objetivo” .
Marcelo Lo Pinto
Marzo del 2000