Parecería que aquellos valores que nosotros, en nuestra formación, hemos adquirido como los valores a seguir en nuestra práctica artística, ya no existen, o mejor dicho no son tenidos en cuenta por los círculos que otorgan prestigio.
Nos resulta difícil diferenciar cuando en una determinada situación, de lo que se trata es de algo verdaderamente artístico, o un espectáculo mas, en esto que Guy Debord y los situacionistas llamaron la “sociedad del espectáculo”[1].
Intentamos no adoptar una posición nostálgica con respecto a lo que el ARTE fue, o decir en el peor de los casos “Artistas eran los de Antes”. Pero si bien consideramos positivo “cierto” renegar de lo establecido, ya que de lo contrario, solo nos quedaría repetir hasta el hartazgo, las fórmulas o procedimientos que fueron eficaces en la historia, que negaría de por sí la posible aparición de lo nuevo; creemos que no es fácil discernir cuales son las formas artísticas que se puede decir que “fueron”, ya que por lo menos en apariencia, en lo que hoy comúnmente se llama arte, nada parece quedar excluido. Todas las formas artísticas que nos precedieron, más todo lo que está por venir forman parte de esta gran ensalada de imágenes en que se habría convertido nuestra época.
Hoy nos encontramos en una situación[2] en donde no podemos saber como se estructuran los elementos que se nos presentan a la experiencia, en donde intentamos encontrar su particular modo de accionar y donde es precisamente esto último, su estructura, lo que nos aparece como particularmente escurridizo.
En cualquier salón, convocatoria o exposición, conviven sin problemas aparentes: Abstracción Lírica, Abstracción Geométrica, Art Brut, Art-Languaje, Arte Cinético, Arte Conceptual, Arte Ecológico, Arte de Sistemas, Arte Pobre, Arte Programado, Expresionismo Abstracto, Kitch, Happening, Informalintermedia, Mec Art, Minimal, Action Painting, Nueva Abstracción, Objetual, Op Art, Poesía Visual, Neofiguración, Arte Pop, Hiperrealismo, todas las variantes del arte digital y siguen los nombres; parecería que todo es cobijado dentro de dichas muestras; pero nuestra experiencia cotidiana nos señala lo difícil y trabajoso que se torna en nuestro medio conseguir espacios para exponer ya sean públicos o privados, ya sea por la cantidad de aspirantes en relación con lo reducido de la selección de los salones (en un salón Municipal “Manuel Belgrano” de 1200 trabajos presentados 1000 fueron rechazados, en el “Salón de Arte Sacro” de 1250 obras solo fueron aceptadas 80, en el catálogo salón del Banco Nación, se describe casi con orgullo que de un total de 600 obras presentadas solo 35 fueron seleccionadas), el Centro Cultural Borges solicita al artista un aporte de alrededor de $ 3000 para la impresión de catálogos, el Museo Nacional solicita la “colaboración” del artista con una suma de “cinco dígitos” y hasta las gacetillas de los diarios parecen ser motivo de discriminación. Finalmente vemos que muchos de los objetos puestos en dichos ámbitos que suponemos de prestigio; no solo no nos gustan (lo cual no se si sería verdaderamente preocupante, en cuanto lo lábil de la categoría del gusto), sino lo que es peor aún, nos resultan indiferentes.
Lo cierto es que opera en las artes plásticas, aunque no se sepa como funciona, un cierto mecanismo de inclusión-exclusión. Esto suscitaría por lo menos, algunas de las siguientes preguntas: ¿Cómo y quienes determinan que artistas utilizan de manera válida una determinada propuesta? ¿Cómo funcionan los ámbitos formadores de prestigio? ¿Cuales son las prácticas que debe realizar un aspirante a artista para ser considerado como tal? ¿Cuales son las clases sociales en las cuales están formadas mayoritariamente el círculo de artistas?, ¿Quiénes son los que pueden vivir hoy “del arte”?
Partiremos de la siguiente hipótesis: supongamos una cierta “caja negra”; que no es lo mismo que decir una caja vacía, ya que en una caja negra se supone que hay algo que no se sabe como funciona pero que sí funciona. Esta caja negra, es la encargada de procesar todos los aspirantes a artistas (autodidactas, estudiantes, recibidos, etc.), y de nominar de alguna manera a quienes una vez clasificados, evaluados, procesados, reciclados, da el nombre de artistas.
Entonces la primera pregunta sería: ¿esta caja negra tiene algún nombre?
Vamos a definirla como “institución arte”.
La institución arte, como la define Peter Bürguer[3], es “la clase o manera en que está regulado el trato de obras de este tipo (artísticas)* en una determinada sociedad, es decir en determinados estratos o clases de una sociedad”. Mas adelante dará una segunda definición como “aparato de producción y distribución del arte como a las ideas que sobre el arte dominan en una época dada y que determinan especialmente la recepción (consumo)* de las obras”.
Pero hay algo que es interesante recalcar: la “institución arte” no debe ser tratada como un ente absolutamente exterior a nosotros, que conspira, de una u otra manera, para mantenernos sumergidos en su poder. Si no mas bien debiese ser vista como el estado de la situación[4] en la cual estamos inmersos, que si bien es cierto que este estado de la situación beneficia a algunos (los incluye), y desfavorece a otros (los excluye). De alguna forma nosotros también contribuimos en su reproducción, este punto es importante ya que nos obliga a vernos a nosotros mismos, hace que nos desplacemos del lugar de víctimas, y nos posicionemos de manera activa en el interior de la situación que deseamos modificar.
Sigamos adelante, la institución arte estaría entonces actualmente compuesta por: museos, salones, concursos, academias, productores artísticos[5], fundaciones, críticos, galerías, curadores, todos aquellos que gestionan lo posible en este campo de la cultura, o sea, tiene fundamental injerencia en la producción distribución y consumo de aquellos objetos a los que se denominan “Obras de Arte”.
Otro punto importante a tener en cuenta es, que si bien existe un autor y un receptor, el “sujeto” del que la obra de arte es objeto está compuesta por la dupla autor-receptor. Siendo el mismo artista el receptor primero de su propia obra, estará sujeto, como cualquier otro espectador, de la ideología y las formas discursivas dominantes de su época.
Por lo tanto es condición implícita del hecho artístico el pensamiento en situación del arte en su totalidad; es decir, pensar los mecanismos operantes en la creación de objetos nuevos, en esa profunda relación individual con la materia y las formas simbólicas, pero a su vez pensar y pensarse como un espectador atravesado por una serie de discursos, hábitos y costumbres del momento histórico social en el cual actuamos y somos parte. A estas alturas creemos que esta suficientemente claro que como pensamiento nos referimos a un accionar indiferenciado entre teoría y práctica.
La situación imperante ha derivado en una sensación generalizada de injusticia, la misma puede ser interpretada como una pérdida de capital simbólico[6] en el campo de las artes plásticas. Como pérdida de capital simbólico nos referimos a cierta pérdida de legitimidad de los mecanismos que en un campo determinado (en este caso el de las artes plásticas), constituyen en su operatoria los modos para la obtención de prestigio. De lo dicho se torna una condición indispensable modificar las prácticas que existen actualmente en la institución arte lo que implicará ni más ni menos que llevar a cabo una política de las artes plásticas. Esto no significa que el “tema” del arte debe ser la política, o una sutura política de lo artístico, sino que los artistas deben pensar y pensarse tanto a sí mismos como a sus pares en sus condiciones reales de existencia, sus conductas y prácticas que realizan dentro de dicho campo, y de que manera contribuir para que la sociedad toda no pierda esta maravillosa forma de pensamiento que es el arte.
Marcelo Lo Pinto - Juan Carlos Romero
[1] “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”. Guy Debord, “La Sociedad del Espectáculo”, capitulo 1, tesis 1, en Internet en el “Archivo Situacionista Hispano”
[2] Situación- Es toda multiplicidad consistente presentada, por lo tanto: un múltiple y un régimen de cuenta por uno o estructura. Alain Badiou “El Ser y el Acontecimiento” Ediciones Manantial, Buenos Aires 1999
[3] Peter Burgüer “Teoría de la Vanguardia”, Ed Península, 1997
[4] Alain Badiou Ibíd. Pág. 113,114,121
[5] Decidimos en este caso reemplazar los “artistas” por “productores artísticos” para que la función del arte no quede solamente dentro del campo institucional.
[6] “Toda especie de Capital (económico, cultural, social) tiende (en diferentes grados) a funcionar como capital simbólico (de modo que tal vez valdría más hablar, en rigor de efectos simbólicos del capital)” cuando obtiene un reconocimiento explícito o práctico, el de un hábitus estructurado según las mismas estructuras que en que se ha engendrado. [.....]el capital simbólico [......] no es una especie particular de capital, sino aquello en lo que se convierte cualquier especie de capital, es decir en tanto que fuerza, poder o capacidad de explotación (actual o potencial) y por lo tanto reconocida como legítima. Más precisamente el capital existe y actúa como capital simbólico.....
Contar con el conocimiento y el reconocimiento significa también tener el poder de reconocer, consagrar, decir(o un predecir) performativo capaz de hacer que lo dicho sea conforme al decir.....” Pierre Bordieu, “Meditaciones Pascalianas”, Ed. Anagrama, 1999.